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Melcochas

Medioc ritatem necessitatibus ex eam. Verterem qualisque no per. Id oratio veritus antiopam duo, forensibus dissentiunt eam eu.

Melcochas, esta palabra en plural, se refiere a esos pequeños enrollados de dulce que cautivaban a los niños. Fue en un tiempo en que chocolates y otras clases de caramelos era lujos de mayores o de solteras burguesas que esperaban, suspirando, algún galán acomodado y rico.

 Mis hermanos y yo vivíamos en un departamento arrendado de una casa grande, con patio en la mitad y con un corral en el que se levantaba una vieja higuera, árbol que servía para enganchar cuatro asnos mansos. Era una gran casa horizontal con portales interiores y un zaguán de tumbado alto y piso empedrado. La edificación denotaba la prosapia de quienes la levantaron, tal vez en los primeros años del siglo XX. Para entonces, las dos propietarias eran un par de viejas mujeres solteras. La mayor manifestaba absoluta inutilidad, con decir que dos jóvenes longas ‘propias’ la sacaban al pasillo para orearla cuando no para sentarla en un bacín de hierro enlozado, en el que permanecía dos o tres horas. La hermana menor, que sobrepasaba con creces los sesenta años, era un poquito más ágil, con decir que solo para descender los cuatro escalones que conectaban el corredor con el patio necesitaba de las longas. Las ancianas mujeres llamaban con gritos a las longas desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde. Minutos después, el silencio se imponía en esa ala del caserón. Nosotros pensábamos que las dos hermanas se resbalaban al sopor del sueño tal como entran los juguetes  a los armarios.

Los sábados, desde muy temprano, llegaban las mulas con cargas de legumbres y verduras, desde lejanas haciendas. Mayordomos emponchados saludaban a la ‘niña’ menor y le dictaban los números. La gordísima mano de la niña escribía, con esfuerzo, las cifras. Resoplaba la mujer porque se levantaba de su silla y echaba una mirada a las cargas. Volvía a sentarse y mascullaba una frase, algo así como: “Cuidado con engañarme”. “No, su merced”, decía el mayordomo. Uno por uno pasaban este examen. Esta actividad agotaba a la niña.

Un jueves o un viernes de cada mes, nuestra madre, después del rezo de la mañana y mientras tomábamos la leche, repetía las recomendaciones. “Hoy es el día de las melcochas: no griten, no pregunten, no corran. Cuando la señorita pida que traigan las hojas de higo, salgan sin empujarse y no demoren. Cuando les reparta las melcochas no se las coman delante de la señorita porque es mala educación”.

La señorita bajaba los escalones asistida por las longas y nosotros la saludábamos en coro: “Buenos días”. Ella respondía: “Buenos días”, siempre resoplando. Caminaba lentamente con dirección a la cocina y nosotros la seguíamos. Éramos seis hermanos, tres varones y tres mujeres, con año y medio de diferencia en cuanto a las edades.

El cuarto de la cocina era grande, pero oscuro. La luz de la única puerta y del alto ventanuco penetraba tímidamente. Había que acostumbrarse a la sombra. Grandes pailas adosadas a la pared despedían reflejos verdosos y amarillos; junto a ellas, colgados de una viga del tumbado, pendían viejos canastos cubiertos de hollín. Un fogón de ladrillo con dos varillas, grandes pondos, baldes de metal, cacerolas, cucharas de madera, un candil, una mesa rústica, integraban el menaje de la cocina.

La señorita, sentada en una ancha silla, impartió las órdenes: “Oye, longa, trae la paila pequeña. Oye, lávala con ceniza. Oye, longa, pon el dulce encima del papel en la mesa y rómpelo con el martillo. Oye, longa, atiza la candela. Pon la paila. Pon el dulce. Suelta el agua, pero que sea la mitad de la panela”. Entonces le venía el sueño y cabeceaba.

El tiempo se detenía. Los mayores permanecíamos quietos, mientras tratábamos de entretener a los menores levantándolos en brazos o sacándolos al patio para que miraran las palomas. Pero llegaba el momento del punto del dulce. Ni por eso la señorita abandonaba su actitud de mando. Decía: “Oye, longa, con esa cuchara saca un poco de la miel y métela en el agua. Trae la cuchara”. Palpaba con sus dedos la miel y decía: falta. Para nosotros era un misterio. Luego se repetía el procedimiento hasta cuando los dedos de la señorita, que apretaban la mínima porción, dejaban escapar un leve crujido.

La longa vertía el contenido de la paila sobre la mesa y con una pequeña espátula recogía los bordes. Diez minutos después, manipulaba la melcocha. Poco a poco la masa se blanqueaba y nosotros, atónitos, mirábamos la transformación. Entre tanto, la señorita dormía. Para nosotros su enorme cuerpo tenía la apariencia de esos blancos nimbos que, en agosto, flotan sobre la cima del Chimborazo. Nuestra madre decía que la señorita era un ángel, porque dormía muchas horas y porque no exigía que le cancelaran el arriendo puntualmente.

Dos de nosotros íbamos a la higuera y traíamos las hojas. Las extendíamos sobre la mesa y la longa iba colocando espirales de melcocha sobre ellas. La señorita pronunciaba nuestros nombres y cada uno tomaba un envoltorio. Decíamos, como nos enseñaron, gracias. Salíamos de la cocina, cruzábamos el patio, subíamos al corredor y gritábamos.

Todavía siento el sabor de la melcocha. El dulce se pegaba a los dientes y era difícil separar las mandíbulas. Un vaso con agua era la solución. Ahora, después de muchos años, las imágenes de esa casa, de esas señoritas herederas de haciendas, de esos zalameros mayordomos, se han ido borrando. El sabor de la melcocha suele aparecer de pronto, especialmente en las grises mañanas de invierno. Sé, en cambio, que la solución no es un vaso de agua ni el sueño prolongado ni el arrebato de la pasión.

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