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Moebius y la educación

Este texto fue publicado en la revista número 20 impresa en abril de 2009

La pedagogía comienza a la edad cero, y nadie sabe cuando termina. El objetivo de la pedagogía (me refiero evidentemente desde el punto de vista normativo) es ayudar al recién nacido, ese hopeful et dreadful monster –ese monstruo deseante y soñador-, a volverse un ser humano. El fin de la paideia es ayudar a ese manojo de pulsiones e imaginación a volverse un antropos. Doy aquí a la expresión ser humano, antropos, su sentido de un ser autónomo. Lo que podría decirse, recordando a Aristóteles, un ser capaz de gobernar
y ser gobernado.
(Castoriadis*).

Moebius 

A. F. Moebius, cuya vida transcurrió entre los finales del siglo XVIII y los comienzos del XIX, amaba formular problemas matemáticos, algunos de los cuales no tenían solución. Uno de los resultados de su amor por los enigmas es una cinta sorprendente que, a diferencia de las comunes -que tienen dos caras y dos bordes y que si se dividen longitudinalmente dan otras semejantes a sí mismas-, tiene una sola cara y una sola orilla y que si se la corta transversalmente, no se divide en dos. 

¿Qué relación existe entre la creación de Moebius y nuestra preocupación por los sujetos y las sociedades? 

Si consideramos que, metafóricamente, la banda o cinta de Moebius delimita una suerte de frontera, en el sentido en que los griegos la entendían, es decir como aquello a partir de donde algo comienza a ser lo que es, podemos decir que lo propiamente humano caracterizado por la producción de la subjetividad y la construcción de lo social, se realiza en un espacio cuya graficación coincidiría con la que Moebius propone para su cinta. 

En efecto, entre subjetividad y sociedad no hay una línea de demarcación como entre un adentro y un afuera, entre institución y sujeto, entre subjetivación y socialización. La sociedad “externa”, objetivable, se vuelve subjetividad enigmática y la subjetividad (poco objetivable) se desliza para expresarse como efecto y construcción social. Imposible trazar una frontera donde cada dimensión concluya, cada una concierne ineludiblemente a la otra.

Puesto que mencionamos las nociones de sujeto y subjetividad, precisemos qué entendemos por ellas.

Sujeto. Esta noción dio lugar a distintas definiciones, según las diferentes lenguas y sus sentidos, según las corrientes filosóficas y psicológicas que de ella se ocuparon poniendo énfasis en aspectos diversos: que se trate de una intuición de sí; de la encarnadura simbólica que permite la atribución de predicados; de aquel que encuentra la libertad en la obediencia a la ley; de un yo que es nosotros, un nosotros que es yo; un individuo que debe responder de sí; lo que existe como efecto de la palabra que lo constituye y cuyo signo es la alteridad.

Subjetivación. Para dar cuenta de esta noción recurramos al filósofo Rancière, quien ante la pregunta: ¿Qué es un proceso de subjetivación?, respondería:

Es la formación de un “uno” que no es un “sí mismo” sino la relación de un “sí mismo” a un “otro”

Hemos hecho referencia a un conjunto de nociones asociadas, unas conducen e involucran a las otras. Para advenir sujetos, algo se desliza y se vuelve otra cosa. Mundo interno, mundo externo, cada uno contiene, es, el otro y ambos nos constituyen. 

Si de volverse sujeto se trata, es cuestión de hacer del recién llegado (como denominaba la filósofa Hannah Arendt a los pequeños del hombre) un sujeto de la palabra (como gustaría decir la psicoanalista Piera Aulagnier) o bien lograr que un monstruo deseante y soñador, como lo describe Castoriadis, se transforme en un antropos, en un sujeto político. De todo eso la educación, que no se confunde ni se deja atrapar por lo escolar, se ocupa. 

Para referirnos a la educación, a la oferta que los viejos sujetos de un mundo viejo hacen a los nuevos sujetos, para dar cuenta de lo que en ella se pone en juego, utilizaremos la metáfora de la cinta, ya que la educación se expresa y pone en juego en un particular entre dos: en una particularpolítica de la memoria entre los fantasmas de los que ya no están y los fantasmas de los que aún no llegaron, como lo expresaría Derrida, ofreciendo trámite institucional al enigma subjetivo, volviendo disponibles para el dispositivo pulsional los objetos significados, que expresan las infinitas variaciones de las producciones culturales que dan cuenta de lo propio de la especie que habla, como gusta Pierre Legendre escribir para designar a los hombres. 

La educación es la cinta 

Permítanos el lector explicitar una posición. Afirmaremos que educar puede entenderse como el verbo que da cuenta de: 

• la acción jurídica de inscribir al sujeto en una trama de filiaciones simbólicas sosteniendo el más de uno de una oferta identitaria; 

• la acción política de volver disponibles las herencias, designando al colectivo como heredero y los modos de efectivizar una política de la justicia (en el sentido con el que Derrida la define);

• la estrecha e imperativa relación entre re-conocimiento y conocimiento.

Por ello, educar puede conjugarse en dos registros intrincados: el de la construcción de condiciones para el lazo social y el que podría identificarse como encontrar un destino a una pulsión identitaria ofreciendo una ocasión (al modo de un objeto transicional) para la pulsión epistemofílica

¿Por qué estas asociaciones? Desde nuestra perspectiva, la preocupación por el sujeto conlleva una preocupación por el carácter político que lo define, por el espacio público en el que debe tener parte y por las instituciones que, al ofrecerle su hábitat, formándolo, se dejan dar forma por él. 

Conceptos moebiusianos

Cuando Castoriadis afirma que la Paideia trata de hacer de un monstruo deseante y soñador un antropos, alude a que un manojo pulsional debe volverse un sujeto de la palabra. Este pasaje exige un trabajo del que se puede dar cuenta poniendo en juego dos conceptos, que designaremos como moebiusianos, el de pulsión y el de sublimación. Nos referiremos brevemente a cada uno de ellos.

a) Pulsión

Comenzaremos por el concepto de pulsión (Trieb)trabajado por el pensamiento psicoanalítico, que lo distingue y diferencia de la noción de instinto. 

En su trabajo, Freud recupera para significar en Trieb tanto el sentido del latín pulsus (fuerza vital) como el contenido de pulsare (lo que empuja violentamente, lo que golpea). 

Al leer su obra se constata que, a lo largo de complejas y sucesivas elaboraciones a las que recurre para pensar los dispositivos pulsionales, siempre está presente una idea romántica, la que identifica en Trieb una fuerza interna natural que actúa sobre el alma y el cuerpo, entrelazando una perspectiva biológica y una representación de puente psicofísico. 

Trieb se vuelve así un concepto que condensa e interroga, siempre en la frontera de un entre dos, a los que no cesa de remitir, y se constituye en la transcripción psíquica de lo biológico. 

Si bien el concepto de pulsión tomó forma en el pensamiento psicoanalítico, tiene interesantes orígenes en otros territorios, en los que la asociación con la formación no está ausente. Así, por ejemplo:

Kant, el filósofo, la considera el impulso animal en el hombre; Goethe, el polifacético, alude a ella como fuerza interna y la multiplica y distingue, haciendo referencia a una pulsión de placer, una pulsión de exteriorización, una pulsión de imitación y una pulsión de formación

Blumenbach se refiere a Trieb como una actividad interna que se hallaría en el principio efectivo de la formación. Así, en los alrededores de 1781, aparece mencionada por él una noción bildungstrieb, que fue traducida por algunos como tendencia formativa y por otros comopulsión de formación.

Bildungstrieb (pulsión de formación)… ¿Habría tal cosa? ¿Estaría ella en la base de lo social? ¿Sería ella la que llevaría a insistir en educar? ¿Será ella la que define lo propiamente humano?, ¿lo que puja para volvernos un antropos?

La expresión no es freudiana pero sabemos que Freud propone a lo largo de sus escritos distintos nombres (no siempre los mantiene, no siempre profundiza en ellos, algunos son mencionados al pasar y no necesariamente retomados) para referirse a lo que tendría que ver con la conversión de lo sexual en pulsión de saber, y las metamorfosis de los afectos en actividades de investigación.

Otras nociones próximas aparecen a lo largo de la producción del maestro del psicoanálisis: Wissensdrang (brote de saber), Wissentrieb (pulsión de saber), Wissbegierde (deseo de saber), para Dorey. Freud remite, al elegir las palabras, a la dimensión insaciable de ese deseo de saber o de esa curiosidad sin cesar de denunciar el carácter pasional y primitivo de su origen. 

En la base de todas sus elaboraciones subyace una intriga, la necesidad de comprender la figura de Leonardo da Vinci. La capacidad creativa y las actividades de investigación que caracterizan su vida y su obra, son las que llevan a Freud a proponer teorizaciones explicativas para dar cuenta del modo en que una pulsión, Forschertrieb, que se ejerce sobre las cuestiones vinculadas a la naturaleza sexual del niño, puede volverse una pulsión de investigación independiente.

Freud concede a la pulsión de investigación (en tanto pulsión particular) dos orígenes: el deseo de ver (pulsión escópica) que le cede y le presta su energía y la sublimación de la pulsión de apoderamiento. Nuevamente aparece aquí la referencia a la transformación de algo en otra cosa, aquello que puja por atrapar y aprehender cosas se volvería un motor que busca aprehender enigmas, responder a preguntas existenciales, conquistar sentidos. 

b) Sublimación

La noción de sublimación cuenta con un origen filosófico (lo sublime) y en la química encuentra otro, pero no deja de conservar el halo “mágico” de un procedimiento alquímico, ya que alude a los modos y procedimientos por los que algo que es se vuelve otra cosa

No hay sociedad humana posible sin sublimación, es decir sin un universo simbólico, sin una producción imaginaria que, usando la fuerza de la pulsión, lleve adelante el trabajo de la cultura. 

La sublimación conlleva la inscripción en la psiquis del mundo social e histórico y la inscripción en el mundo social-histórico de la producción que se origina en el aparato psíquico. 

Por ella entendemos el arbeit -trabajo psíquico de elaboración, trabajo sobre sí, que requiere otro– y el trabajo -trabajo social y de la cultura- de inscripción de los sujetos en el mundo social-histórico propio de los hombres. 

El empuje (Trieb), al que nos referíamos en el apartado anterior, sería insuficiente para hacernos un antropos si una de las destinaciones de lo pulsional no fuera la sublimación. 

¿Por qué decimos una de sus destinaciones? ¿Habría otras para la pulsión?

Sabemos que, como toda pulsión, la pulsión de saber, ese impulso curioso que busca saber, esa fuerza que impulsa la investigación, ese empuje que busca aprehender lo desconocido, a la que aludíamos en el apartado anterior, está siempre expuesta a destinos inciertos. 

Uno de ellos es el de sufrir la violencia de la represión, por lo cual, atraída irremediablemente hacia el inconsciente, podría quedar inhibida. Por cierto, la pulsión ama jugar a las escondidas y, como suele ocurrir con lo reprimido, ocasionalmente se vuelve a presentar, retorna, adoptando la forma de un síntoma.

Cuando esto ocurre la pulsión está activa pero trabada, puede por ejemplo sostener el rumiar compulsivo del que el neurótico conoce el costo y paga el precio. O bien reaparecer no atenuada pero deformada y sexualizar el acto de pensar, imprimiendo al trabajo intelectual el placer y la angustia de los procesos sexuales a los que eventualmente sustituye.

La sublimación, cuando ésta se da, marca el trabajo psíquico y social que lleva al sujeto a elegir objetos de conocimiento (o a dejarse elegir por territorios del saber que le permiten desplegar su deseo en distintas disciplinas del conocimiento) que tienen significación subjetiva y reconocimiento social

Hemos visto, de forma somera, que algo que es propio de lo más íntimo de todo sujeto (su mundo pulsional) podrá tener distintos destinos posibles. En esto no serán indiferentes las relaciones sociales y culturales en las que está inscrito y los modos singulares en que en cada mundo interno se significan los otros y la cultura. 

Dicho de otro modo, entender la educación desde la cinta de Moebius implica pensar ese deslizamiento entre mundo interno y mundo externo, allí donde uno se vuelve y es lo otro, para inquietarse por los obstáculos para la producción de lo propiamente humano.

Los efectos 

No desconocemos los avatares existenciales por los cuales un sujeto puede quedar acorralado en una posición donde todo deseo de saber esté prohibido, obturado o imposibilitado, donde la sublimación se vea restringida. 

Sin embargo, importa pensar políticamente el origen de los obstáculos, tanto más cuando ellos pueden producirse por relaciones des subjetivantes. 

No podemos ignorar que, por extrañas sinrazones, los hombres producen tiempos marcados por la des-sublimación, como lo denunció Zizek al referirse a la tentación totalitaria, o como expresa el psicoanalista Enriquez cuando piensa la actualidad marcada por una pulsión de muerte desatada.

Por ello, después de caminar por la cinta de Moebius, intentemos nuevamente una posible definición, complementaria de las que ofrecimos al comienzo de este artículo, para el verbo educar. ¿Será que educar consiste en un acto político, el de ofrecer, a los dispositivos pulsionales, destinos que no sean el de la inhibición, el del síntoma o el de la angustia?

¿Por qué volver al registro de lo político? Porque entendemos que educar, hacer del manojo pulsional un sujeto de la palabra, renunciando a clonar, a crear una imagen idéntica en el espejo;  educar, como aquello que se dirige a un otro, reconocido a la vez como semejante y sujeto diferenciado (al decir de Pierre Legendre), no puede sino pensarse como acto de subjetivación política, en tanto:  

La subjetivación política es la puesta en acto de la igualdad (…) por gente que está junta mientras está entre. Es un entrecruzamiento identitario que descansa sobre un entrecruzamiento de nombres, nombres que enlazan el nombre de un grupo (o de una clase) al nombre de los que no cuentan, que ligan un ser a un no-ser o a un ser-por-venir.(Ranciere)

Sintetizamos e insistimos. El objeto de la pedagogía se despliega en y a través de un sujeto que no está dado, que es necesario hacer ad-venir. Es allí donde el sentido político de la educación se juega entero proponiendo trámite institucional al enigma subjetivo, ofreciendo objetos transicionales, asegurando la presencia de un otro que ofrezca a los pequeños del hombre una superficie de apuntalamiento.

Obviamente, Moebius no formuló ninguna de estas proposiciones pero como todo maestro su legado nos dejó un enigma: el que se pregunta por una cinta de aparentemente dos y en realidad de una sola cara, ofrece una posibilidad de indagar sobre lo humano.

* C. Castoriadis: Le monde morcellé. Les carrefours du laberynthe III. París, Seuil, 1990, p. 146

Este texto fue publicado en la revista número 20 impresa en abril de 2009

Doctora en Educación, educadora e investigadora,
Directora del Centro de Estudios Multidisciplinarios
(CEM – Fundación) Argentina.

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